Cada mañana a las 9:00 h, Ucrania se para.
En ciudades ucranianas, los altavoces que suelen advertir de ataques aéreos rusos emiten el tic-tac de un reloj. Las calles quedan en silencio. Los semáforos se ponen en rojo y los coches se detienen. Por un minuto, el país se para.
Este es el minuto de silencio diario de Ucrania, un acto nacional a la memoria de los muertos por la guerra ilegal de Rusia. En lugares de trabajo, hogares, escuelas, mercados y autopistas, los ucranianos pausan su actividad para honrar a quienes dieron su vida defendiendo la soberanía y la libertad de su país, y recordar a los miles de civiles que perdieron la vida por la agresión rusa.
El silencio de ese minuto también refleja la ausencia que sienten miles de familias cuyos seres queridos aún no han vuelto a casa.
Entre ellos están miles de niños ucranianos que Rusia ha trasladado a la fuerza y deportado ilegalmente desde el inicio de la guerra. Separados de sus familias y sus comunidades, muchos se han visto despojados de partes fundamentales de su identidad: su idioma, su cultura, incluso su nombre.
Otros son civiles detenidos ilegalmente en los territorios que se encuentran temporalmente bajo ocupación rusa. Muchos han sufrido consecuencias por haber enseñado su idioma, practicado su cultura, alzado la voz contra la ocupación, o compartido la verdad sobre lo que han visto y vivido. Algunos fueron trasladados a Rusia, donde permanecen retenidos sin debido proceso legal. Se les deniega el contacto con sus seres queridos, se les priva de atención médica adecuada, y se les mantiene fuera de la vista de monitores independientes.
Para los prisioneros de guerra ucranianos bajo custodia rusa, las condiciones son igual de preocupantes. Los que han vuelto hablan de malos tratos; organismos independientes han documentado abusos generalizados, incluyendo tortura y violencia sexual.
Estos no son efectos secundarios de la guerra de Rusia. Las acciones de Rusia son violaciones repetidas y bien documentadas del derecho internacional, llevadas a cabo a gran escala, para intentar doblegar la voluntad del pueblo ucraniano.
Cada caso esconde una historia humana: un padre esperando a un hijo, una pareja esperando una llamada, una familia esperando a que alguien vuelva a casa.
Y son historias humanas las que nos hacen testigos de la catástrofe humanitaria causada por Rusia en la zona ocupada en la región de Jersón -como en Oleshky- donde las autoridades ucranianas reportan que solo quedan unos 2.000 de los 24.000 habitantes que había antes de la guerra-. Sus testimonios son desgarradores: sin electricidad ni gas, sin alimentos ni medicinas, y con otros bienes esenciales bloqueados durante el último mes, buscan restos de comida y recolectan hierba para sobrevivir.
El sufrimiento que está causando Rusia se mide en esas historias humanas, y en ellas también se medirá la paz. La paz se encuentra cuando un niño regresa con su familia, cuando un civil queda libre de una detención ilegal, cuando un prisionero de guerra se reúne con sus seres queridos, y cuando a una comunidad se le da la oportunidad de sanar sus heridas y reconstruirse.
El alcance de este asunto es inmenso, y ningún país u organización puede abordarlo solo. Lograr esta paz requiere una cooperación sostenida entre gobiernos, organizaciones internacionales, actores humanitarios y sociedad civil.
Es por este motivo que Canadá, Noruega y Ucrania están convocando a ministros de Asuntos Exteriores y socios internacionales para el encuentro Caminos hacia la Paz: Segunda Conferencia Internacional sobre el Retorno de Niños Ucranianos, Civiles Detenidos y Prisioneros de Guerra, que arranca hoy en Toronto.
Partiendo de las bases establecidas en la conferencia que los tres países organizaron en 2024, el encuentro de esta semana busca apoyar los esfuerzos que está haciendo Ucrania para devolver a su tierra, rehabilitar y reintegrar a niños deportados, civiles detenidos y prisioneros de guerra.
Su regreso a casa es un imperativo humanitario, fundamental para cualquier proceso de paz. Ayudará a construir confianza y sentar las bases de una paz justa, duradera y digna. Cada persona que regresa le da nueva vida a una familia. Cada familia reunida fortalece una comunidad. Y cada comunidad que prospera ayuda a reconstruir Ucrania.
Cada mañana a las 9:00 h, los ucranianos se detienen para recordar a quienes se fueron y a quienes aún no han regresado. Su acto de memoria, junto con un coraje y un ingenio extraordinarios, también repara lo que Rusia ha dañado, fomentando el cuidado mutuo y la fuerza de las comunidades que la agresión rusa ha intentado desgarrar.
Esperamos que Caminos hacia la Paz anime a la comunidad internacional no solo a detenerse con Ucrania en su acto de memoria, sino también a actuar junto a ella para traer a casa a cada niño deportado, cada civil detenido, cada prisionero de guerra.
*Jeffrey Marder es embajador de Canadá, Yuliia Sokolovska es embajadora de Ucrania y Lars Andersen es embajador de Noruega.