Londres vuelve a respirar, con temperaturas que estos días no superan los 21º. En esta ocasión, sin embargo, no va a ser fácil olvidarse de un verano que ha sido un infierno. Y eso que el caos se ha evitado en el último minuto, porque los conductores de autobús urbano han desconvocado finalmente los paros y hu...
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elgas que iban a poner en marcha durante septiembre y octubre.
El alcalde, Sadiq Khan, les ha prometido que para mayo del año que viene tendrán aire acondicionado en sus cabinas aisladas. Otra cosa es el resto del vehículo, donde van los pasajeros. Ahí, en la mayoría de los autobuses, habrá que seguir estirando el pescuezo para atrapar el aire recalentado que entra por alguna de las ventanillas que permanecen abiertas todo el día.
A pesar de ser una ciudad multicultural, la capital británica retiene esa resignación tan inglesa ante los problemas, que lleva a sus ciudadanos a aguantar con estoicismo colas interminables o a soportar sin la menor queja temperaturas de 40º en los vagones del metro o en los autobuses.
Este corresponsal tuvo que saltar a la parada más próxima en cuanto se abrieron las puertas del vehículo público, al menos en tres ocasiones, durante los meses de julio y agosto, antes de sufrir un colapso. Y resultaba un ejercicio muy interesante distinguir entre los usuarios tradicionales, cuyos rostros reflejaban una resistencia ya entrenada, y los turistas, que miraban a su alrededor desconcertados, incapaces de comprender que nadie alzara la voz mientras todo el mundo se estaba cociendo vivo, como la rana de la fábula.
Solo cuatro líneas de metro disponen de aire acondicionado: District Line, Circle Line, Hammersmith & City Line y Metropolitan Line. Tampoco es que la potencia sea muy generosa, pero al menos es posible respirar. En las líneas más antiguas, como Picadilly o Bakerloo, la única ventilación es la ventana que hay al extremo de cada vagón. Se trata de elegir entre permanecer en el centro del receptáculo y respirar lo más pausadamente posible para ahorrar oxígeno y frenar la combustión interna, o acercarse a uno de los lados para recibir una mezcla de ruido ensordecedor y una ráfaga recalentada e intensa. Susto o muerte.
Los londinenses han buscado este verano soluciones ingeniosas para huir del calor. Los ferris de Uber, los llamados Thames Clippers, que unen el este y el centro de la ciudad surcando el Támesis, vieron un incremento de pasajeros de más del 83% durante las semanas más tórridas del verano. En un día normal, transportan a cerca de 10.000 usuarios.
Las bicicletas eléctricas alquiladas a través de aplicación, como las de Lime o Voi, vieron subir sus respectivas demandas entre un 50% y un 100% en los picos de calor más extremos de junio, julio y agosto. Prácticamente la mitad de los londinenses, según pudo comprobar el London Evening Standard, han renunciado la mayor parte de esos días a usar el transporte público y han optado por caminar o pedalear. El esfuerzo físico es complicado con temperaturas y humedad tan extremas, pero peor es no poder respirar.
Cerca de cuatro millones de pasajeros usan cada día el metro de Londres. Líneas como las de Piccadilly (-9%) o Bakerloo (-3,3%) han registrado en 2026 un descenso elevado de usuarios. No hay datos estadísticos que relacionen directamente estas caídas con las altas temperaturas, pero los expertos sospechan que esa es la razón principal de esta deserción.
A mediados de la década de los veinte del siglo pasado, una campaña publicitaria (It is cooler below/Abajo hace más fresco) animaba a los londinenses a pasar en los andenes subterráneos del metro los días más calurosos del verano. La temperatura de unos túneles casi recién horadados era de media de unos 14º. Un siglo después, el trajín diario, la fricción, el carbón, la electricidad, las aglomeraciones y el cambio climático han convertido al legendario tube (el “tubo”, como llaman los londinenses al metro) en lo más similar al infierno de Dante.